(Cuento)
Esta era una vez, un rey que tenía una hija muy linda. Esta princesa tenía la característica de tener un lunar en la pierna arriba de la rodilla. Este lunar era único, era un lunar precioso porque era “bien redondito y con anillos de colores”. El rey estaba encantado del lunar de su hija. Pero nadie en el reino sabía quela princesa tenía ese lunar. Hay que recordar que antes los vestidos se usaban largo.
El rey muy presumido de los encantos de su hija, mandó pregonar en todo su reino que aquél que adivinara lo que su hija tenía en su pierna, se casaría con ella.
Todos en el reino escucharon y se interesaron por la tan buena oferta. A partir de ese momento, empezó en el palacio todo el desfile de reyes, príncipes y caballeros tratando de adivinar el asertijo. Pero además también llegaba gente común que interesados por obtener la mano de la princesa querían conocerla para poder adivinar lo que ella escondía.
Muchos solicitaban audiencia al rey para hacer sus adivinanzas. Por su parte el rey pacientemente escuchaba a todos los que llegaban, a veces desde tierras muy lejanas con la esperanza de tener suerte.
En la misma ciudad, bastante cerca del Palacio donde vivía la princesa, vivía una mujer que tenía un hijo. Este joven era bien conocido en el lugar y le decían el tonto. Pero la verdad, que el joven era muy inteligente, de tonto no tenía nada. En una ocasión cuando la princesa salió del palacio para ir al río a tomar un baño, él se escondió para poderla ver caminando al río. Cuando la vio se impresionó por su belleza, quedando profundamente enamorado de ella.
Un día, le dice el “tonto” a su madre, “madre, regálame un tunco”, -si hijo si los tuncos son tuyos- respondió la madre. No madre. Yo no digo así. Yo quiero que me des un tunco. Si hijo si son tuyos los tuncos. Al final el tonto le explicó a la madre que quería el tunco para ir a visitar a la princesa y llevárselo de regalo, -y ya verás madre como me caso con la princesa-.
La madre se preocupó al ver el entusiasmo de su hijo. Le dijo: Ayyy hijo, como dices; que te vas a casar con la princesa, si tu eres muy tontito, la princesa no se va a querer casar contigo. El rey quiere para ella un príncipe o un rey de esos que vienen a verla.
Mamá confíe en mí, deme el tunquito y ya verá si me caso con la princesa. Tanto insistió el joven, que su madre accedió, a sabiendas que perdería el cerdo, pero como era el deseo del hijo, la madre se lo dio. El muchacho, cuando la madre le respondió que si se lo daría, se alegró y le decía, de verdad madre, me darás el tunco. Sí le respondió la madre.
Al día siguiente, al amanecer el joven se levantó desde muy temprano, se le veía muy animado, contento. Se dio un baño, se puso su mejor ropa, su sombrero, sus zapatos y cuando ya estuvo listo, amarró el cerdo, se despidió de su madre y se puso en camino. Cuando llegó al palacio, los guardias le pregutaron ¿Qué quieres?... quiero ver a la princesa. Ella no puede recibirte, vete.
El joven insistió y les decía, aquí traigo este cerdito es para la princesa, los guardias le decían está bien, puedes dejar el cerdito aquí y nosotros se lo entregamos a la princesa. No, les decía él, porque tengo que darselo personalmente. Al fin de tanto insistir, le avisaron a la princesa que en la puerta del palacio estaba un joven que insistía en entregarle un regalo personalmente.
Al oir esto, la princesa fue a ver de qué se trataba. Lo saludó, lo pasó adelante y se quedaron conversando un poco. Luego el tonto le dijo a la princesa que le entregaba el cerdo, si se descubría la pierna en su presencia. Desde luego que la princesa le dijo que no, que eso no lo podía hacer. El tonto insistió, y le decía pero porqué, que mal puedo hacele yo a una princesa. Por lo menos enséñeme un “jeme” arriba de la rodilla. La princesa no quería hacerlo, pero fue tanta la insistencia del tonto que finalmente accedió y le mostró su pierna hasta la altura de un jeme arriba de la rodilla.
El tonto observó lenta y detalladamente la pierna de la princesa y no vio nada. Muy triste y desconsolado le entregó el cerdo y se fue para la casa. Al llegar a la casa, su madre lo esperaba impacientemente, al verlo llegar corrió a encontrarlo y preguntarle como le había ido. El tonto le respondió que mal, porque no había logrado lo que quería. Su madre triste, por su hijo y triste por la pérdida del cerdo, le dijo: ya viste que te dije, no lograste lo que querías y ahora hasta perdimos el tunco.
Al día siguiente:… Mamá, deme otro tunco. Quéeee, si deme otro tunquito, voy a ir otra vez a ver a la princesa, y esta vez sí mamá, me caso con la princesa. No hijo, no podemos, ellos tienen mucho dinero y nosotros no tenemos nada y ahora nos vamos a quedar hasta sin los tuncos. Siii... madre pero ya verá como me caso con la princesa. Tanto insistío el hijo, que la madre accedió a que se llevara el otro tunco. El joven estaba felíz, ahora sí, decía el joven para sí mismo, me casaré con la princesa. Cuando llegó al palacio los guardias ya lo conocían, bueno y aquí vienes de nuevo con otro tunco, le dijeron. Sí respondió él y quiero ver a la princesa.
Los guardias insistieron en que les dejara el cerdito que ellos lo entregarían, pero el joven no accedió, hasta que llegó la princesa. Empezó la conversación y después él le dijo que sí le daría este otro cerdito si le mostaba un poquito más arriba de lo que le había mostrado el día anterior. Esta historia se repitió durante unos días más. La madre del jóven estaba enojada porque le había acabado los cerdos, que eran su única subsistencia.
Fíjate le decía, ya te acabaste todos los cerdos y no lograste casarte con la princesa y ahora no tenemos ni para comer. No se preocupe madre, ya verá que sí me caso con la princesa. Mañana ire a verla y le llevaré el último cerdo que nos queda, y verá que si me caso. Al día siguiente como de costumbre, se levantó bien temprano, alegre, cantando y preparándose para salir. Luego, amarró el último cerdo que quedaba, se despidió de su madre y se fue camino al palacio.
Desde luego, la guardia del palacio ya no querían ni verlo, le decían que se fuera, que la princesa no lo quería recibir, que ella ya no quería cerdos. La insistencia del tonto hizo una vez más que la princesa fuera a recibirlo. Una vez allí, él le dijo que le entregaría su último tunquito pero que tenía que descubrirse lo que le quedaba de la pierna sin descubrir. La princesa se preocupó porque justo en esa parte es donde ella tenía el tan codiciado secreto, se trataba de un colorido y bello lunar. Como siempre ella se negó, no quería descubrirse esa parte de la pierna, pero él insistió tanto que le dijo: “Qué miedo puede tener una princesa de un pobre tonto como yo”. Por su parte la princesa pensó, “este tonto no va a recordar exactamente como es el lunar ni los colores”, entonces se descubrió la pierna. En el acto, el joven vio detenidamente todos los detalles de la pierna y observó la belleza de los colores del lunar, los grabó bien en su memoria, luego le entregó el cerdito a la princesa, se despidió de ella y se fue a casa.
Los guardias se burlaban de él y le decía que como iba a hacerle cuando ya no tuviera tuncos. En su casa, su madre impaciente lo esperaba. Qué pasó hijo, que pasó. Ahora sí madre, ahora sí, que me caso con la princesa. Ahora madre vaya a ver al rey y dígales que su hijo quiere una audiencia para adivinar lo que su hija tiene en la pierna, y ya verá madre que me caso con la princesa. Así lo hizo la madre, al siguiente día muy temprano fue al palacio a pedirle audiencia al rey para su hijo.
Llegó el día indicado para la audiencia. En el palacio había tranquilidad y desdén porque ya habían defilado todos los principes y reyes y gente de la nobleza intentando descubrir el secreto de la princesa, pero nadie lo había logrado. Cuando el tonto llegó, el rey inmediatamente le pregunto: ¿Qué tiene mi hija en su pierna izquierda”. Tú sabes que he prometido su mano para quien acierte, pero si fallas lo pagarás con tu vida. Si señor rey, respondió el tonto. Entonces habla…
Bueno señor rey, lo que su hija tiene en la pierna izquierda, es un lunar. Entonces el tonto empezó a describir todas las características en detalle del lunar de la princesa.
El rey no podía creer, que el tonto hubiera acertado con tanta exactitud el secreto de su hija que tan cuidadosamente y durante tanto tiempo habían guardado. El rey no quería que su hija se casara con el tonto. Pero, como era palabra de rey, tenía que cumplir lo prometido. Así que se iniciaron los preparativos para la gran boda de la hija del rey con el tonto. Días después de casaron, vivieron felices y tuvieron muchos hijos. Colorin, colorado este cuento ha terminado.
martes, 8 de junio de 2010
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